Transición energética justa y adaptación: señales geopolíticas para el financiamiento climático tras Davos 2026
- GFLAC

- hace 15 horas
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Por:
Janeth Ugalde, Asociada en Finanzas para la Transición Energética Justa
Glenda Monge, Asociada Sr. en Financiamiento para la Adaptación
Las discusiones que atravesaron Davos 2026 sobre transición energética y adaptación no pueden leerse como debates climáticos en sentido estricto. Funcionaron, más bien, como un termómetro del momento geopolítico en el que estas agendas están siendo reinterpretadas: no como el espacio donde se definen estas dinámicas, sino donde se vuelven visibles y legibles para actores financieros y políticos. En ese desplazamiento de sentido se juega, de manera menos visible pero decisiva, el futuro del financiamiento para la transición energética justa y la adaptación. La señal más clara fue que estas agendas avanzan, pero cada vez más condicionadas por una economía política del riesgo: la inversión se asigna donde la acción climática coincide con ventaja competitiva, control de cadenas de valor, resiliencia de infraestructura crítica y gobernabilidad. Donde no coincide, la brecha financiera tiende a volverse estructural, no transitoria.
Este encuadre dialoga con un marco que Davos ayudó a consolidar durante años: el lenguaje del riesgo sistémico como punto de encuentro entre Estados, mercados financieros y grandes corporaciones. En 2026, el Global Risks Reportvolvió a situar los riesgos ambientales y climáticos entre los más severos en el horizonte de diez años, como parte de un ejercicio de percepción de riesgo entre líderes y expertos, más que como una hoja de ruta de política pública. Almismo tiempo, se identificó en el corto plazo, presiones geopolíticas, sociales y de fragmentación económica que reordenan prioridades políticas y financieras (World Economic Forum, 2026a). Para el financiamiento climático, el dilema no es si el cambio climático “importa”, sino cómo su financiamiento queda subordinado a una jerarquía de riesgos donde la volatilidad regulatoria, la presión fiscal y la competencia geoeconómica pesan tanto como la evidencia científica. El debate real no es la ausencia de instrumentos financieros, sino la disputa por el mandato político que vuelve financiables ciertos proyectos y deja a otros sin respaldo.
La intervención del presidente Trump en Davos operó, en este contexto, como un recordatorio explícito de que la transición energética compite no solo con inercias tecnológicas y fósiles, sino con ciclos políticos capaces de reetiquetar la acción climática como amenaza a la competitividad o símbolo de polarización. Más allá de la retórica, el episodio fue relevante por su señal que envío a los mercados en términos de percepción de riesgo regulatorio, reforzando expectativas de mayor selectividad sectorial y un incentivo reforzado para que el capital privado se concentre en nichos “ganadores” de política industrial, evitando áreas donde la descarbonización depende de marcos públicos estables y sostenidos en el tiempo (Gelles, 2026). Combinado con cuestionamientos al multilateralismo climático, el mensaje es claro: el riesgo político no se limita a un país, sino que contamina expectativas sobre cooperación y reglas comunes.
Este giro se refleja también en el comportamiento corporativo. Una lectura que circuló ampliamente en Davos sostiene que muchas empresas han reducido la visibilidad pública de sus compromisos climáticos, aun cuando mantengan acciones internas, porque el clima dejó de ser un consenso reputacional y pasó a ser un terreno de exposición política (Gelles, 2026). Para el financiamiento, esto tiene efectos directos: cuando la narrativa climática pierde centralidad pública, aumentan los incentivos para empaquetar la transición como agenda de productividad, seguridad energética o soberanía industrial. Esto puede destrabar inversión, pero con un costo: la justicia de la transición corre el riesgo de quedar relegada a una función instrumental más que a un criterio distributivo exigible.
Para Europa, este dilema se expresó con particular claridad. La transición apareció menos como aspiración normativa y más como prueba de gobernabilidad: capacidad de sostener apoyo social mientras se gestionan tensiones distributivas, seguridad energética y competitividad industrial en un contexto de crecimiento débil y presión fiscal. En este marco, la justicia deja de ser un principio abstracto y se convierte en condición de estabilidad macrosocial. Sin mecanismos creíbles de reparto de costos y beneficios, la certidumbre política se erosiona, y con ella la disposición del capital a comprometer recursos de largo plazo.
Para Estados Unidos, el encuadre fue distinto. La transición se leyó principalmente como política industrial y competencia tecnológica, atravesada por un péndulo político más abrupto. En términos financieros, esto tiende a producir una transición fragmentada: flujos abundantes hacia segmentos donde la política industrial genera demanda estable y ventaja competitiva, y mayor escasez allí donde la descarbonización depende de señales regulatorias consistentes. El resultado no es parálisis, sino una transición “por islas”, con implicaciones problemáticas para su dimensión territorial, laboral y distributiva.
China, por su parte, siguió operando como actor estructurante por razones materiales más que discursivas. Su escala industrial y capacidad para reducir costos continúan definiendo qué trayectorias tecnológicas resultan financieramente viables a nivel global, al tiempo que intensifica debates sobre dependencia tecnológica y autonomía estratégica en terceros países. La transición energética se consolida, así como un campo de competencia geoeconómica, donde el financiamiento responde tanto a criterios climáticos como a cálculos de posicionamiento industrial.
La persistencia de los combustibles fósiles atravesó estas discusiones como el “presente que no se va”. Más que cuestionar su incompatibilidad climática, un punto ampliamente asumido, el foco se desplazó hacia la gestión de sus implicaciones fiscales, sociales y geopolíticas. Esta tensión se traduce en las finanzas como una transición condicionada: mayor apetito por instrumentos que reduzcan riesgo (como garantías, financiamiento combinado, contratos de largo plazo) y, al mismo tiempo, mayor tolerancia a enfoques híbridos que prolongan dependencias conocidas.
La adaptación, en paralelo, emergió con mayor nitidez como una respuesta directa a riesgos ya materializados. En la sesión oficial “What Does Adaptation Look Like?”, se subrayó que incluso bajo escenarios optimistas de descarbonización, el mundo ya se encuentra en un territorio no explorado de extremos climáticos con impactos económicos materiales. Se recordó que en 2024 las pérdidas asociadas a eventos climáticos extremos superaron los USD 300 mil millones y que, sin estrategias de adaptación robustas, los impactos podrían erosionar entre 10% y 20% del PIB global hacia mediados de siglo (World Economic Forum, 2026c). En este sentido, la adaptación dejó de presentarse únicamente como política defensiva y comenzó a discutirse como una agenda de transformación y creación de valor, sin que ello elimine su carácter de bien público ni las tensiones distributivas que atraviesan su financiamiento
Este giro se reflejó también en el lenguaje financiero, en la medida en la que se insistió en que, bien diseñada, la adaptación puede generar retornos económicos significativos, con estimaciones que van de USD 2 a USD 20 por cada dólar invertido, aunque la inversión en adaptación sigue siendo sustancialmente menor que en mitigación. Los ejemplos compartidos apuntaron a proyectos “bancables” atinentes a sectores como la agricultura resiliente que combina energía solar, riego eficiente y semillas resistentes a sequía; manejo de cuencas con impactos positivos en la productividad y la estabilidad hídrica; y servicios esenciales (como agua, salud, educación) adaptados para resistir calor extremo, inundaciones y eventos severos, particularmente desde una perspectiva de protección de la infancia. También se mencionaron herramientas tecnológicas, como el uso de satélites, inteligencia artificial y esquemas de forecast-based finance, que permiten activar recursos antes de que ocurran los impactos, reduciendo pérdidas humanas y económicas.
Sin embargo, el mensaje en términos financieros fue claro: la adaptación atrae capital cuando puede estructurarse como reducción de pérdidas futuras, continuidad de operaciones o protección de activos críticos. Donde los beneficios son difusos, públicos o de largo plazo, o donde la capacidad institucional es limitada, las brechas de financiamiento aún persisten y representan un punto neurálgico en el elenco internacional. El énfasis creciente en el agua —impulsado también por espacios como Blue Davos— sintetiza esta dinámica. El agua se posiciona simultáneamente como riesgo sistémico, activo económico y factor de estabilidad social, facilitando su traducción al lenguaje financiero, pero también evidenciando una asimetría estructural: la capacidad de planificar, medir y gestionar riesgos se convierte en un prerrequisito para acceder a financiamiento, reproduciendo desigualdades entre territorios.
En este entramado, el Global Risks Report 2026 opera como una arquitectura de interpretación compartida. Al situar los riesgos climáticos junto a tensiones geopolíticas, fragmentación económica y presiones sociales, integra el clima en una lectura amplia de riesgo sistémico. Esto no garantiza mayor ambición climática, pero sí redefine los criterios bajo los cuales se asigna capital, desplazando el foco desde el compromiso ambiental hacia la estabilidad y la resiliencia económica (World Economic Forum, 2026a).
Desde esta perspectiva, el financiamiento climático no es el punto de partida, sino el resultado de cómo la transición energética y la adaptación son leídas políticamente. A medida que estas agendas se inscriben en estrategias de seguridad, competitividad y gestión del riesgo, el espacio para financiarlas se vuelve más condicionado, más selectivo y menos universal. Davos 2026 no redefine estas dinámicas, pero las hace visibles con claridad, ofreciendo una lectura concentrada de cómo riesgo, poder y financiamiento climático se entrelazan en el escenario actual. El futuro del financiamiento para la transición energética justa y la adaptación dependerá menos de consensos declarativos y más de cómo estas agendas se integren o no en las prioridades geopolíticas de un mundo marcado por riesgos interconectados.
Referencias:
Gelles, D. (2026, January 22). At Davos, talk of climate change retreats to the sidelines. The New York Times. https://www.nytimes.com/2026/01/22/climate/davos-climate-change-trump.html
World Economic Forum. (2026a). The Global Risks Report 2026. WEF. https://reports.weforum.org/docs/WEF_Global_Risks_Report_2026.pdf
World Economic Forum. (2026b). Blue Davos and water resilience discussions. WEF Annual Meeting 2026. https://initiatives.weforum.org/ocean-agenda/blue-davos
World Economic Forum. (2026c). What Does Adaptation Look Like? Session summary, WEF Annual Meeting 2026. https://www.youtube.com/watch?v=SQo0dQnuvsA


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